Otra batalla perdida contra la televisión

Otra batalla perdida contra la televisión

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“El precio del dólar no afecta a los mexicanos” dijo la conductora de un programa de televisión diurno en cadena nacional y desató las criticas atroces de las redes sociales por un comentario a todas luces torpe, insensible, vulgar y, desde luego, totalmente falso. En efecto, el comentario fue una completa irresponsabilidad, pero en nada debe sorprendernos. La televisión nunca ha tenido el cometido de ser responsabe de lo que “comunica”, no funciona así, porque no nació para ello.
Desde su nacimiento en 1950, la televisión ha funcionado mejor como un instrumento comercial que como una herramienta de comunicación e instrucción. Su objetivo, como señala John Condry, es “vender productos y conquistar una audiencia” si es preciso a costa de distorcionar la realidad. Esto tampoco debe sorprendernos: el formato de los programas de televisión abierta en México está diseñado para vender cientos de marcas patrocinadoras y para entretener a costa de lo que sea: la pobreza, la miseria, el sexo, la violencia, las drogas, etc., son convertidos en productos que se ofrecen al consumidor. Pero no sólo eso. Además de vender marcas, la televisión también vende una visión del mundo: una visión distorsionada, podríamos decir, de un mundo distorsionado. ¿Cuántos de los problemas que aparecen en los programas matutinos o en las telenovelas (que en México ocupan los horarios estelares de las principales cadenas extendéndose hasta por seis horas diarias) son realmente nuestros problemas cotidianos? ¿Quién realmente viste, habla y vive como los personajes que aparecen en esos espacios?
Ellos están en otro mundo, uno en el que cualquier misterio, problema o drama concluye cuando termina el tiempo del programa, cuando los protagonistas se casan y “viven felices por siempre”. Esos personajes le venden a la sociedad mexicana una realidad artificial en la que ni el trabajo, ni el dinero, ni la ignorancia, ni la violencia importan. En televisión todo está supuesto y resuelto.
Ante las críticas que sucitó la mencionada conductora con sus comentarios, un colega suyo -con igual agudeza y sentido de responsabilidad social- dijo en una entrevista al respecto que, si a los mexicanos les preocupa el dinero y quieren vivir como ellos (como los conductores de televisión), tienen que “chingarle más”… claro que sí, ¡se la pasan viendo la televisión!
Obviando aquí los muchos y muy serios problemas éticos que derivan del hecho de decir, frente a una cámara de televisión, que los mexicanos somos pobres porque no trabajamos lo suficiente, lo más curioso y hasta paradógico del asunto es que el trabajo no es, ni por asomo, uno de los valores imperantes en los contenidos televisivos. Como apunta Condry:
A los pobres y a los menos afortunados raramente se les presenta en televisión, y cuando esto acontece son, por lo general, objeto de mofa. En televisión, la riqueza es la clave para pasársela bien: los más admirados son ricos, viven en mansiones suntuosas y transitan a bordo de limusinas largas como trenes. Lo que resulta en verdad absurdo es que en la televisión jamás se muestra que alguie intente trabajar para alcanzar las riquezas que ostenta. No existe ningún vínculo entre el trabajo y la vida […] ¿Y cómo podría ser de otra manera? ¡Para la televisión, mostrar gente que trabaja es una blasfemia, un desperdico de tiempo! Esto hará aburrida la televisión, lo cual resulta inadmisible. En televisión, cada momento debe ser emocionante, cada acontecimiento debe llamar la atención. En estas condiciones, es imposible configurar la relación causal entre trabajo y riqueza u otras que no son fáciles de representar ni presentables en el plano visual. (John Condry, “Ladrona de tiempo, criada infiel”, en La televisión es mala maestra, FCE, Biblioteca Universitaria de Bolsillo, México, 2006, segunda edición, trad. Isidro Rosas Alvarado, p. 72).
Así, se pone de manifiesto el hecho de que los personajes que aparecen en la pantalla están totalmente desconectados de la realidad, además de que no les interesa en lo más mínimo conectarse con ella.
Más aún: después de ser objeto del escarnio público, la mencionada conductora se excusó diciendo que ella sólo transmitió un mensaje de la producción de su espacio televisivo, que no era de su autoría y, por lo tanto, ella no tenía ninguna responsabilidad.
Al fin acertó en algo. Temas como el alza del precio del dólar y su impacto en la economía mexicana descuadran evidentemente con el contenido de un programa de variedad diurno, el comentario estuvo metido con calzador, y es obvio por las muestras de conocimiento sobre el tema, que a ninguno de nuestros dos expertos en economía política se le habría ocurrido mencionarlo por sí mismo. Es justamente por esto que es inútil enfadarse y despotricar contra nuestros dos personajes: ellos no tienen autonomía ni están facultados (muy probablemente ni sean capaces) para actuar por sí mismos, su más grande talento -o al menos el que los puso y los mantiene en la televisión- es lucir bellos y simpáticos, dar mensajes sin reflexionarlos y soportar el ridículo con estoicismo y una sonrisa de dientes blancos como perlas… y eso sí que lo hacen bien.
Hacer burla del trabajo de alguien sólo tiene sentido si está mal hecho. Estos dos personajes -y la gran mayoría de los que aparecen en la televisión y que, nos parece lícito pensar, están cortados con la misma tijera- tienen un rol de vendedores, de animadores que deben atraer la atención porque para eso les pagan, y lo hacen extraordinariamente.
Ellos están ahí, en la pantalla, para atraer el escarnio, para que las burlas caigan sobre ellos… como carne de cañón. Son la pantalla que opaca el fondo y disfraza de imparcialidad, responsabilidad y comprensión lo que realmente es el abrazo inseparable entre el gobierno mexicano y su difusora (¿o difusoras?) oficial… ¿de dónde más puede venir el mensaje de que todo es perfecto y bonito cuando en realidad el pais se está cayendo a pedazos?
No se crea que este asunto es personal contra nuestros dos personajes (aunque debería, pues yo también soy mexicano y también soy pobre). No aplica sólo para ellos. Póngales el nombre que quiera y la ecuación sigue funcionando. Salvo algunas honrosas excepciones que sería muy injusto mencionar aquí, la televisión contemporánea con sus personajes más robots que seres humanos es, tomando la expresión de John Condry, una “ladrona de tiempo y una criada infiel”.

Mtro. Marco Antonio Domínguez

Centro de Estudios Sociales Antonio Gramsci

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