¿Guerra en Gaza? Entre la ceguera y la ilegitimidad.

¿Guerra en Gaza? Entre la ceguera y la ilegitimidad.

“L’antisémite est l’homme qui veut être roc impitoyable, torrent furieux, foudre devastrice: tout sauf un homme.” Sartre, Réflexions sur la question juive.

La opinión pública internacional – en su mayoría- ha condenado la ofensiva militar israelí en la Franja de Gaza. La principal razón que se esgrime es la violación sistemática del Derecho Internacional Humanitario plasmado en los Convenios de Ginebra de 1949. En contrapartida, el gobierno de Israel ha justificado su proceder amparándose en el derecho de cualquier Estado a defenderse de agresiones externas y ha relegado toda responsabilidad de las muertes civiles- dentro de éstas, son las mujeres y los niños quienes tocan las fibras más sensibles de la opinión internacional- a las acciones terroristas de Hamás y a su práctica de utilizar como “escudos humanos” a los propios palestinos. Netanyahu ha dicho: ” Eso [no combatir el terrorismo] validaría y legitimaría el uso de Hamás de escudos humanos, y daría una enorme victoria a los terroristas por todas partes y un devastador efecto para las sociedades libres que están combatiendo el terrorismo.”1 Y en un alarde de buena conciencia y para mostrar que el blanco de la ofensiva militar no es el pueblo palestino, dice: ” Israel lamenta profundamente cada baja civil, cada una. No son nuestro blanco; no los buscamos. El pueblo de Gaza no es nuestro enemigo. Nuestro enemigo es Hamás; nuestro enemigo son las otras organizaciones terroristas que intentan matar a nuestro pueblo.”2 Es evidente que lo que está en juego aquí no es sólo la legalidad de la ofensiva militar supuestamente amparada en el derecho internacional, sino también su legitimidad moral. Dejando un poco de lado el difícil tema del principio de proporcionalidad en la justificación de la guerra – que, contrario a lo que algunos creen, no se trata en absoluto de un “ojo por ojo” – y de la denominada domestic analogy, habría incluso que preguntarse si lo que sucede en Gaza es, efectivamente, una guerra (cosa dudosa desde el momento en que ni siquiera existe una declaración formal). En primer lugar, el conflicto israelí-palestino no puede ser categorizado, stricto sensu, como un conflicto entre Estados, porque se trata de un Estado consolidado (Israel) contra una facción terrorista (Hamás) que se encuentra dentro de un determinado territorio (Franja de Gaza) que no pertenece, de manera efectiva, a ningún Estado. Si bien es cierto que Israel tiene el derecho de ejercer la legítima defensa sea o no el agresor un Estado, no parece que los fines de su ofensiva tengan una meta realista y clara. Bajo la excusa de acabar con el terrorismo de Hamás, el indiscriminado bombardeo a la Franja de Gaza sólo revela una ceguera total en cuanto a la estrategia y los medios adecuados para cumplir dicho objetivo, amén de soslayar, convenientemente, las razones históricas del surgimiento de dicha organización. Por más que el gobierno de Netanyahu insista en que los ataques son calculados y dirigidos contra las zonas operativas de Hamás- cuyos efectos colaterales son la destrucción de hospitales, escuelas, etc., en donde se encuentran civiles (todos hemos visto las fotografías de niños palestinos masacrados)- no termina por ser razonable la intervención israelí debido, principalmente, a que las posibilidades de éxito en la erradicación de Hamás son extremadamente inciertas. Como Hamás no constituye un ejército en sentido propio, su actividad militar está espacialmente disgregada en un territorio muy reducido. Esto último, que pareciera ser simplemente una constatación de hecho y por ello trivial, es de fundamental importancia a la hora de ponderar los efectos colaterales (bajas civiles) y la validez de los motivos de la ofensiva israelí. La pregunta que podríamos formular es : ¿ eliminar el terrorismo de Hamás compensa y justifica todas las bajas civiles que traen como consecuencia los bombardeos? Aún concediendo la debilidad del argumento según el cual al ser el potencial militar de Hamás abrumadoramente inferior al del Estado de Israel y que, dada esa asimetría de fuerzas, la intervención israelí es inmoral, resulta ser una posición hipócrita y ciega ceñirse exclusivamente al carácter abstracto del derecho a la legítima defensa. En el fondo y a pesar del “profundo lamento” por las bajas civiles, el Estado Israelí sabe de antemano que son inevitables un alto (e incierto) número de éstas antes de ver resultados contundentes (cosa que hasta el momento no han logrado ni, probablemente, lograrán) debido a la naturaleza tanto del territorio en que se libra el conflicto como de los medios utilizados. Por eso resulta maniquea y risible la posición de Netanyahu al sostener que los únicos responsables de las bajas civiles son los integrantes de Hamás; más aún cuando ni siquiera se ha comprobado que el grupo terrorista haya impedido, bajo coacción, la evacuación de los civiles. A este respecto, el director ejecutivo de B’tselem, Haggai Elad, dijo: “No tenemos pruebas de la utilización directa de civiles para protegerse o del hecho de que los combatientes forzaron a los habitantes de la banda de Gaza a permanecer contra su voluntad en las zonas designadas por la armada israelí como zonas de combate.”3

Ahora bien, no sólo cuesta aceptar que el cálculo de costos-beneficios sea suficiente para legitimar la intervención militar, sino además resulta claro que el gobierno de Israel no tiene una visión clara sobre cómo su ofensiva puede ser efectiva; más bien da la impresión que está usando la brutalidad de su fuerza militar a ciegas, en el marco de una ofensiva de desgaste (en la cual está históricamente bien versado). Esta ceguera revela que, según la lógica de Netanyahu y llevándola al extremo, no importaría aniquilar a un pueblo entero si con ello se consigue eliminar a Hamás. Si ya de por sí la mera posibilidad de realizar un cálculo sobre el que pueda determinarse el número de bajas civiles aceptables es profundamente discutible, no parece siquiera que se esté llevando a cabo semejante cálculo.

Por lo demás, no sólo la opinión internacional ha sido dura al criticar las acciones del gobierno israelí, sino que al interior de Israel se encuentran, tanto voces que se alzan contra el régimen de ocupación y apartheid respecto al pueblo palestino, como aquellos que, creyendo insuficientes y “tibias” las decisiones militares de Netanyahu, reclaman acciones verdaderamente contundentes y “radicales”, esto es, el aniquilamiento total del pueblo palestino. Sobra decir que en este último aspecto ha hecho falta una larga construcción ideológica y de subjetividades por parte de ambos bandos, para poner al servicio del odio más profundo toda una gama de presupuestos religiosos, “históricos” y geopolíticos que no han hecho más que entorpecer las negociaciones de paz. Sin embargo, hoy por hoy, en medio de esta tragedia que azota al pueblo palestino, no cabe duda de que al Estado de Israel puede aplicársele la frase de Sartre citada al principio del presente texto. Intercambiando antisemita por sionista, podemos muy bien decir que este último pretende ser “…un torrente furioso, un rayo devastador: todo excepto un hombre”.

1 http://mfa.gov.il/MFA/PressRoom/2014/Pages/PM-Netanyahu-holds-press-conference-6-Aug-2014.aspx.

2 Ibíd.

3 http://www.lemonde.fr/proche-orient/article/2014/08/07/gaza-les-deux-parties-ont-viole-le-droit-international-humanitaire_4468781_3218.html