Ética, sociedad y sindicalismo

Ética, sociedad y sindicalismo

Este es un tema que pareciera escrito en las últimas décadas del siglo XIX o en las primeras décadas del siglo XX, pero no es así. La actualidad involuntaria del sindicalismo es un signo de que los tiempos que corren son malos.

Como ustedes saben los sindicatos nacieron como asociaciones de trabajadores en los albores del siglo XIX. Fueron prohibidos y luego tolerados, aunque en realidad siempre fueron perseguidos. Comenzaron como sociedades secretas, porque los nuevos capitalistas e industriales no querían organizaciones obreras que lucharan por la justicia social, que vindicaran derechos laborales y que los obligaran a pagar un salario digno. El Estado tampoco favorecía la creación de sindicatos, por miedo a dividir su poder o a tener contrapesos reales a su autoridad moral y legal. Debo decir con tristeza que hoy todavía el Estado y los dueños del capital no desean los sindicatos.

No es menor el hecho de que sindicato signifique etimológicamente “hacer justicia” o “con justicia”, y como todos sabemos, “hacer justicia” es siempre el camino más largo, difícil y tortuoso. De todas formas, los obreros y trabajadores buscaban las formas de organizarse, sus reivindicaciones eran genuinas porque las condiciones laborales de la primera Revolución Industrial eran deplorables.

El problema era que los trabajadores tenían todo en contra y nada a favor, sólo su solidaridad con el movimiento. La pregunta que vengo a formularles hoy y el sentido de lo que quiero compartirles va en ese camino: ¿qué fue lo que permitió a los trabajadores organizados en un mismo frente y a pesar de tener todo en contra, triunfar y conseguir los derechos sociales y laborales? ¿Cuál fue el factor que hizo fuerte al movimiento sindical contra el poder del Capital y del Estado?

Desde mi punto de vista, hay dos factores primordiales que hay que recuperar y que ayudaron al movimiento sindical a levantarse: 1) el proyecto social de futuro que acompañó ideológicamente a los fundadores sindicales y 2) la gente común que no pertenecía al sindicato. Creo además que las dos cosas van de la mano y no por separado.

La lucha sindical era una fuente inagotable de inspiración social. Los golpes, los asesinatos, los crímenes cometidos en contra del movimiento sindical con la finalidad de romper el espíritu de unidad, fueron ganando espacio en la opinión pública, que veía a los trabajadores arriesgar su vida para obtener la dignidad exigida.

Hay que decirlo muchas veces: los que fraguaron los primeros sindicatos eran héroes, gente dispuesta a dar su vida por obtener el reconocimiento de los derechos laborales mínimos.

¿Qué los inspiraba? Los factores ideológicos, nos lo han dicho Weber y Marx, siempre son el motivo sustancial que opera los cambios sociales y los movimientos sindicales no eran la excepción. Herederos del discurso progresista de la Ilustración y de las Revoluciones Sociales del siglo XIX, los líderes que suscitaron dentro de las primeras industrias una acometida real para coordinar esfuerzos que hicieran más digno el campo de trabajo, tenían un proyecto de una sociedad mejor integrada cultural y económicamente. No eran sólo organizaciones para los trabajadores: eran una organización que inspiraba los movimientos sociales y que incluía a todos aquellos que no fueran parte de su gremio.

Hubo una comunicación continua entre los movimientos sindicales y la sociedad en general. De hecho, los sindicatos no se sentían excluidos o apartados de la vida social de las comunidades a las que pertenecían: los líderes sabían que ese era el único elemento de legitimidad con el que podían contar. Los movimientos sindicales usaron todos los medios para seguir ganando voluntades, sumando a la opinión pública a su favor.

En ese campo de legitimidad, los sindicatos ganaron la partida: pudieron crearse y su destino era formar parte de un cuerpo de resistencia a los poderes del dinero y del Estado. La victoria de los sindicatos inspiró a muchos hombres y mujeres que querían construir una vida mejor.

Y esta es la segunda parte de lo que me gustaría compartirles el día de hoy: ¿qué ha pasado con el movimiento sindical que dejó de ser una fuente de inspiración para la lucha? ¿Cómo fue que perdió su relación estrecha con la sociedad?

Después de que Antonio Gramsci fue encarcelado, una de las reflexiones que más le dolían era cómo es que el fascismo pudo derrotar ideológicamente al Comunismo. Gramsci se preguntaba, ¿qué había fallado? ¿Por qué la organización obrera italiana no había podido inspirar a todo el pueblo campesino de Italia? ¿Qué les había faltado que el fascismo cubrió con eficiencia?

La respuesta de Gramsci me parece que sigue siendo contundente y reveladora de nuestro tiempo: faltó un discurso para la gente, cercano a ella, que usará sus símbolos, sus sentimientos y que estuviera unido a su cultura. Gramsci, como Palmiro Togliatti, hacen la misma radiografía del movimiento fascista italiano: el comunismo y el sindicalismo no habían planeado una revolución cultural e intelectual de la sociedad, porque habían puesto su énfasis en las transformaciones económicas y su lenguaje era el de la erudición histórica y filosófica. Los aspectos legales le eran ajenos a la gente, porque en el espíritu de la gente se mueven a un tiempo la cultura (en el sentido antropológico) y la religiosidad.

El fracaso de la organización sindical y de los movimientos comunistas italianos, fue a causa de que el fascismo supo llegar a la gente, no sólo con dinero, sino con inspiración cultural. Por eso Gramsci llama a no cometer el mismo error: debemos comenzar por la reforma cultural e intelectual del pueblo italiano. Sin la gente inspirada en su cultura, es imposible generar un cambio moral. La revolución intelectual y cultural siempre van aparejadas con una reforma moral de la vida social. Todo el proyecto filosófico de Gramsci se coloca ahí: hacer un ajuste de cuentas con los intelectuales italianos, desde el Renacimiento hasta sus días.

Debo insistir ahora en mi pregunta, ¿qué ha pasado con los sindicatos en nuestros días? Como cualquier organización que tiene éxito, el paso de los años le va quitando horizontalidad y su dirigencia comienza a hacerse vertical. El sindicato debería ser un brazo de la sociedad, para contrarrestar los abusos del Estado y del Capital. El problema es que sus dirigencias pierden contacto con la sociedad, se convierten en brazos del poder estatal y se alinean con los dueños del dinero. Ese alejamiento de la sociedad tiene un costo ético altísimo, porque cuando el Estado o los empresarios se deciden a destruir a un sindicato, ya no tienen la legitimidad necesaria para combatirlo.

Quiero poner un ejemplo para que podamos entendernos.

La autocrítica es siempre difícil, dolorosa y confrontadora, pero necesaria. Estamos ahora en el edificio de un Sindicato. Este Sindicato tuvo un embate funesto de todos los poderes que casi acabo con él. Primero con el rechazo de la famosa “toma de nota” y luego, “con la extinción de la materia de trabajo”, por parte del gobierno federal, del entonces presidente espurio Felipe Calderón. Los medios de comunicación que forman parte del mismo régimen, se volcaron en contra de los líderes sindicales, vapulearon a la resistencia y acabaron con su credibilidad ante la gente.

Me consta que hubo muchas personas que apoyaron a los electricistas y al sindicato en general, pero también hubo una polarización que impidió que más gente saliera a las calles o protestará por la ignominiosa acción de despedir a 40000 trabajadores. ¿Qué no hizo el sindicato que impidiera la polarización y tuviera la unidad necesaria entre la gente, para impedir el atropello del que fueron víctimas?

Quisiera contar dos anécdotas que ilustran a lo que me refiero. Recuerdo que un alumno mío de la UNAM se alegró mucho porque hubieran despedido a los empleados del SME. Me interesó conocer su opinión y le pregunté por qué se alegraba, y el argumento fue este. Una ocasión fue a reclamar un recibo de luz exorbitante que le había llegado a su casa. Su mamá trabajaba, así que tuvo que ir a hacer una fila de 6 horas, esperando al gerente de la tienda que al oír su caso le dio dos respuestas: 1) nosotros no ponemos la tarifa de luz y 2) paga y luego averiguamos. Salió de ahí frustrado y enojado, porque los empleados del SME no le habían ayudado a corregir el error y tuvo que pagar el recibo.

La segunda anécdota va en la misma dirección. En una de las manifestaciones a las que me adherí para defender al SME, escuché esta conversación de gente que fue afectada por los cortes viales: “¡Les quitaron el trabajo por huevones, pendejos e inútiles!”, gritaba la persona que estaba al volante, y su acompañante nos espetó al final: ¡qué se siente que ahora te digan: ve y recibe tu liquidación y luego vemos!

Y es verdad, mucha gente en las redes sociales, en la televisión, en las calles, culpaba al SME de los recibos mal cobrados, de la corrupción del sistema de luz, de la ineficiencia en los cobros y en los pagos, de hacer filas de horas para hacer un contrato. El SME no cuidó al consumidor, a la gente que pagaba al recibo. Su problema fue que se desconectó de lo que sostenía su fuente de empleo: la gente que cubre los recibos de luz.

¿Por qué piensa así esta gente? Porque su información la reciben de la televisión, porque su percepción sobre el trabajador sindical es que es mediocre, indiferente y holgazán. Además que el golpe lo habían preparado desde tiempo atrás en los medios, habían difundido una imagen negativa del sindicato y le cobraron facturas políticas pendientes. También hay que decir que los sindicatos renunciaron a hacerse de medios de comunicación, no compitieron a tiempo para tener concesiones de espacios impresos, de radio, de televisión e incluso de redes sociales. El sindicato no apoyó su imagen con una cultura eficiente, que promoviera una figura distinta del empleado sindical y de los logros compartidos con la sociedad.

Hay que ver lo que ha ocurrido con el sindicato de ferrocarriles, con el de los maestros, con el de Pemex, con el del IMSS y del ISSSTE, no tienen base social porque la descuidaron. No tienen forma de oponerse a la imagen pública que se les crea, porque no tienen los medios para hacerlo. Y el problema es más agudo porque los líderes son figuras de escarnio, adheridas al poder del gobierno y coludidas con los poderes empresariales.

Quiero concluir mi participación sugiriendo líneas de acción. La primera de ellas es que no se puede reconstruir un sindicato si no se vincula de nuevo con la sociedad a la que pretende servir. Hay que deshacerse de las rémoras que impiden darle una identidad social, ver y reconocer las diferencias culturales entre la sociedad en que nació el sindicato y la sociedad en la que ahora se encuentra. Para mí, un sindicato ahora tiene que hacer trabajo de medios, llegar a las nuevas tecnologías de la información y acercarse a la gente a través de ellas. Esta es una generación digital, su influencia irá creciendo y los medios de comunicación son el instrumento adecuado e indispensable para generar una estrategia de impacto cultural.

La segunda línea de acción tiene que ver con la educación. Me alegra que se me haya dado la oportunidad de hablar en lo que es un proyecto que quiere integrarse a la sociedad y concientizar a la gente. La apuesta de futuro debe estar en la educación, sólo les recuerdo el riesgo que corren de no hacer el diagnóstico adecuado de la sociedad en la que ahora se encuentran: no podemos educar como hace 200 años, tenemos que mirar más allá.

La tercera línea, y ya con esto termino, es la reescritura, revaloración y reubicación de los ideales que mueven a la organización sindical. El mundo se ha hecho más pequeño y más complejo, e inspirar a otros es moverse y cambiar. El peor ideal es el que no cambia, porque la frescura de una motivación es que generé cambios reales en un mundo en movimiento. Nuestros bisabuelos y abuelos tenían un discurso de cambio que era de su tiempo, necesitamos un lenguaje que recuperé lo mejor del pasado y que se articule con el presente.

1.- Gramsci, A. Los Cuadernos de la Cárcel. México. Era

2.- Hobsbawm, E. (2011) Cómo cambiar al Mundo. Marx y el marxismo. Barcelona. Crítica.

-(1983) Rebeldes Primitivos. Barcelona. Ariel.

-(2009) La Era de las Revoluciones. Buenos Aires. Crítica.

3.- Thompson, E. P. (1984) Tradición, Revuelta y Consciencia de Clase. Barcelona. Crítica.

4.- Marx, K. (2001) Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844. Madrid. Alianza.

Dr. Ernesto Gallardo

Presidente del Centro de Estudios Sociales Antonio Gramsci.

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