El síndrome de los “doctores impresentables”

El síndrome de los “doctores impresentables”

Que tener un grado académico hace a uno valer algo, “ser alguien” y levitar intocable por encima de ese 83% de mexicanos que sólo cuenta con el bachillerato o menos –la mayoría de ellos, con mucho menos-, es uno de esos prejuicios tan añejos, que ya nos pasan desapercibidos.

La idea prejuiciosa de que la educación superior nos hace mejores, convierte el título universitario en un fetiche, y a sus portadores, en los elegidos. Siguiendo esta línea, entre más títulos, más especializados y más lejos se hayan obtenido, la civilización, la racionalidad y la iluminación se acumulan en el corazón del portador, sacándolo cada vez más de las tinieblas de la ignorancia, de la ignominia de la miseria, y de la oscuridad del mundo de los mortales. Los educados, son los destinados a dirigir las instituciones, a decidir los rumbos de una nación con muy pocos estudiados… los educados se postulan para ello porque son educados y, asumen, son los mejores. Ya lo dijo en Twitter, medio oficial para decir sandeces, Javier Lozano, un Senador ilustre y epítome de congruencia: “No hablen de lo que no saben”.

Por cierto que dicho Senador, con su habitual franqueza desparpajada, fue aquel que dijo, hace unos años, que si le bajaban el sueldo –mayor, ciertamente, al del 95% de los mexicanos-, se pondría a robar. Porque ellos saben… pero ese, es otro tema. El hecho es que, como vocero de la campaña del precandidato más educado, se ha encargado de hacernos saber a todos que su jefe es, de lejos, el mejor: abogado y doctor en economía por la Universidad de Yale… ¿qué podría ir mal con alguien que sabe lo que él sabe?

Pero como en todo, los detalles finos son siempre la condena. Para empezar, entre tanto maestro y doctor en economía, caería bien uno en historia para saber exactamente cuántos doctores en economía se necesitan para saquear un país… sí, como el chiste: Tenemos delincuentes de posgrado como para volver a llenar las arcas de Chihuahua, Veracruz o Coahuila, saqueadas por un abogado, un doctor en economía y un profesor de educación básica titulado, respectivamente. ¿Qué pasó ahí? ¿No son ellos los que saben y dominan los bajos instintos –r o b a r-  que sólo acompañan al precario y al miserable? ¿No son ellos los que ganan mucho por administrar limpiamente lo de todos, porque saben? ¿Cuántas maestrías en derecho se necesitan para perder la soberanía energética y promover la legalización del más burdo autoritarismo cuando, al mismo tiempo, nos damos baños de pureza y condenamos enérgicamente los “gestos antidemocráticos” y “dictatoriales” de otras naciones soberanas? ¿Cuántos doctorados en economía en Yale hacen falta para participar en dos administraciones diferentes, pasar por tres secretarías de Estado durante uno de los más grandes fraudes documentados en las arcas federales e ignorarlo absolutamente todo?  ¿Qué tiene el título de Yale que te provoca decir, frente a un grupo escogido de priístas –unos amparados para evitar detenciones, otros con un conocido historial de impunidad-, que combatirás la corrupción?…

¿Cuántos de estos doctores para saber que ya no necesitamos –ni soportamos- más de estos doctores?… Son impresentables. Absolutamente impresentables. Sólo alguien verdaderamente impresentable hace campaña por el partido que cuida a los Beltrones, los Moreira (detenido en España en 2016, mientras estudiaba una maestría), los Duarte, los Borge, los Vallejo; sólo alguien impresentable dice, frente a los Gamboa Patrón y Romero Deschamps, que combatirá la corrupción. Sólo alguien impresentable se presume como el que más sabe, rodeado de tantos y tan notorios escándalos potenciales, desde los que le llevan la campaña, hasta los que se la regalaron. Sólo alguien impresentable pretende saber mucho y al mismo tiempo ignora tanto. Sólo alguien impresentable presume su racionalidad desde el nido de las pasiones mezquinas y desbordadas que es su partido. Estamos en presencia del síndrome de los doctores impresentables, esos que presumen saber mucho pero que, estando donde están, dan la triste impresión de no saber nada o, lo que es peor, de saberlo y callarlo. El síndrome de los doctores impresentables, insaciables, grotescamente enfermos de poder, riqueza y dominio, ese síndrome que revela la bajeza por detrás de los títulos universitarios, que hiede a mezquindad y a burla. El síndrome de los doctores impresentables mata lentamente, pero mata. Los nombres de los monstruos que produce la ambición desbordada, se volverán contra su causa, y ni su racionalidad, ni su saber, ni sus títulos, les salvarán de aparecer, más temprano que tarde, como lo que son: impresentables.

Mtro. Marco Antonio Domínguez

Centro de Estudios Sociales Antonio Gramsci

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