El macho-progre ante los feminismos: la enunciación de lo incómodo.

El macho-progre ante los feminismos: la enunciación de lo incómodo.
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on StumbleUponEmail this to someonePrint this page

Artículo de opinión.

Parecería una pérdida de tiempo insistir –por su evidencia- sobre el hecho de la violencia y opresión que aún hoy padecen las mujeres. Pero un rápido vistazo a las redes sociales –ese conglomerado de opiniones varias que muchas veces no son sino sentencias poco razonadas- nos hace advertir que aún estamos lejos de siquiera querer comprender en profundidad la realidad de estas violencias y opresiones. Como varón, encuentro vergonzoso y lamentable que sean especialmente mis congéneres quienes menos están dispuestos a realmente escuchar las legítimas demandas de las feministas. Ante un argumento, presentamos una sentencia satirizante. Ante los datos duros de feminicidios, brechas salariales por razones de género, violencia doméstica, etc., propias de las estructuras sociales patriarcales, solemos oponer abstracciones cómodas que invisibilizan (y neutralizan) las problemáticas específicas: “todo se debe al estado generalizado de descomposición social”, “los feminicidios son producto de un clima general de violencia”, “los hombres también somos víctimas”, etc. Quizá lo que más trabajo nos cuesta reconocer es que a todas estas manifestaciones de la violencia y opresión sobre las mujeres les subyacen estructuras de poder que no son accesibles al “mero sentido común” el cual, casi nunca, es un bon sense. Por supuesto, este reconocimiento implica un arduo esfuerzo crítico por descifrar dichas estructuras, sus mecanismos y modos de funcionamiento. ¿Quién está realmente dispuesto a siquiera intentar este desciframiento?

Cuando sale a relucir el término “heteropatriarcado”, nuestra primera reacción es de un escándalo pseudointelectual: nos lo imaginamos como una especie de entidad invisible producto de las ociosas elucubraciones de aquellas que defienden esa postura llamada, con un afán desprestigiante, “ideología de género”. En el mejor de los casos, cuando nuestra “buena conciencia” nos impide declararnos abiertamente machistas (porque en estos tiempos todo es mejor siendo matizado) y preferimos llamarnos “simpatizantes del feminismo”, “aliados” o “feministas a secas”, al encontrarnos con posiciones feministas “radicales” –esto es, que realmente hacen una crítica profunda de nuestros privilegios ya no sólo en tanto que varones, sino incluso en tanto que pertenecientes a una determinada raza y clase-, nuestro progresismo sale a relucir en toda su mediocridad y balbuceamos continuamente expresiones tan corrientes como “ son unas radicales”, “el feminismo de la tercera ola arruinó el feminismo”, “en todos lados ven opresión”, etc. Somos progresistas en la medida en que la crítica nos deje indemnes, y siempre estará el recurso al “no todos los hombres” o al “ Sí, pero yo no.”, para salvaguardar el orgullo que conlleva ser la honorable e ilustrada excepción a la regla. Curioso: no aprendemos a escuchar y queremos establecer un diálogo. Y diálogo, para nosotros, es “explicarles” a las mujeres lo que es el “verdadero feminismo”, dando por supuesto –con una enojosa ignorancia- que el feminismo es algo así como una teoría homogénea que se limitaría simplemente a subsumir a las mujeres bajo la abstracta denominación de “víctimas”. Aún en nuestro supuesto progresismo, nos creemos con el derecho de darle lecciones a las mujeres sobre un movimiento que ellas mismas han construido; a toda costa queremos usurpar lugares de enunciación y, si no se nos incluye como interlocutores válidos por nuestra fastidiosa inclinación al “mansplaining”, nos sentimos discriminados y desplazados: nosotros no queríamos escuchar demandas legítimas, pero queríamos que se escuchase nuestra voz de hombres sin importar qué (los congresos sobre feminismo sin mujeres es el culmen de todo este absurdo). Al fin y al cabo, siempre tenemos algo qué decir, aunque no tengamos ni la más mínima idea de lo que estamos diciendo.

¿Esto significa que no podamos construir un diálogo fructífero, en cuanto varones, con las feministas? Evidentemente, no. Pero más que considerarnos empecinadamente a nosotros mismos como “feministas”, sería más provechoso que aprendiéramos de las herramientas teóricas que los feminismos han creado para realizar una seria crítica, en cuanto varones, a un determinado modelo de masculinidad que nos han impuesto las sociedades patriarcales. Esta tarea, aún pendiente, es ciertamente difícil. No sólo por la crítica social que implica, sino porque exige también que revisemos, en el plano individual –aunque no se reduce a esto-, nuestras propias conductas y deseos; es menester tanto la crítica a las estructuras sociales como la construcción de nuevas identidades y subjetividades.
No se trata simplemente de estar de acuerdo o no con las feministas, ni de “congraciarse con ellas” (para verificar la validez de sus teorías, no nos necesitan), sino de construir espacios comunes de diálogo simétrico y agencia política que nos permitan resistir y desmantelar las relaciones de poder patriarcales que, de forma diferenciada, afectan a ambos géneros.

Mientras la palabra “feminismo” nos siga incomodando, querrá decir que no hemos superado nuestro machismo interiorizado y que no hemos entendido absolutamente nada.

Jorge Alberto Martínez Juárez